La memoria y la comunidad en la experiencia de vulnerabilidad

El mural de Santo Domingo Savio

“En Colombia, en los últimos años hubo un proceso lento de recuperación de la memoria del conflicto armado. Este proceso es único en el mundo, pues habiendo iniciado el conflicto hace más de seis décadas, este todavía no ha terminado.1 Los procesos jurídicos por las violaciones de los derechos humanos que de ahí se derivan solo ahora arrojan sus primeros resultados: las víctimas están siendo reconocidas y recibiendo reparación del Estado. Actos de violencia significativos para conocer la verdad de lo sucedido y sus responsables son investigados.

Antes de este panorama surgieron en Colombia múltiples iniciativas de memoria generalmente impulsadas por grupos de personas u organizaciones de víctimas. Estas iniciativas eran formas de agenciar y hacer circular el dolor y el sufrimiento, trasladando para la esfera pública los sentimientos que por años permanecieron en el ámbito de lo privado. (Grupo de Memoria Histórica, 2009). Es en esa memoria de supervivencia que podemos indagar las acciones políticas de los sujetos y sus relaciones con la violencia. En este artículo describimos la creación de una de esas iniciativas en la ciudad de Medellín, un mural con los nombres de las personas asesinadas en el barrio Santo Domingo Savio (véase foto 1). A partir de esta descripción, analizamos la relación entre las concepciones de memoria, común y comunidad.

La iniciativa de memoria objeto de este análisis hace parte de una investigación cualitativa que tuvo como objetivo: analizar las acciones y prácticas culturales por las cuales los sujetos reconstruyen sus memorias en contextos de violencia e identificar los usos políticos de la memoria, como resistencia política en los espacios de lo cotidiano, íntimo, familiar o comunitario. El método usado fue el estudio de caso debido a su foco en lo particular y por abordar el significado de la experiencia a partir del análisis sistemático de un mismo fenómeno (Yin, 2012). Las técnicas usadas para obtener informaciones fueron la pesquisa documental y bibliográfica y la entrevista en profundidad con algunos de los creadores del mural y habitantes del barrio.

El texto está dividido en cuatro partes: en la primera realizamos una breve descripción del contexto de creación de la iniciativa de memoria, los conflictos vividos en el barrio y en la ciudad de Medellín. En la segunda abordamos concretamente los procesos de construcción del mural, los debates producidos entre sus creadores y los habitantes del barrio, los procesos de identificación y reconocimiento. En la tercera parte analizamos el trabajo de luto y memoria como posibilidad o no de conformación de una comunidad. Por último se presentarán las conclusiones. El texto no hace una separación entre la presentación del caso y el marco teórico y referencial, intentando crear así un diálogo entre estos para dar relevancia a los testimonios de los entrevistados.

1. Santo Domingo Savio y los conflictos violentos en Medellín

Los primeros habitantes de Santo Domingo Savio, en el nororiente de Medellín, llegaron allí en la década de 1960. Ellos vivían en condiciones precarias, no eran propietarios de la tierra y enfrentaron una ardua lucha para legalizar sus propiedades y obtener las condiciones mínimas de subsistencia. En la década de 1980, el aumento de la ocupación ilegal y el crecimiento de la población en el sector, impactaban significativamente la región. Simultáneamente en ese período se consolidó el poder del narcotráfico, identificado por algunos como la época en que las condiciones del barrio cambiaron. El Cartel de Medellín2 involucró en sus actividades a jóvenes habitantes de estos barrios. Esto trajo como consecuencia un aumento en la delincuencia y en la creación de grupos dedicados a actividades ilícitas (González Vélez y Carrizosa, 2011). Aunque el narcotráfico no era el único responsable de la violencia. En la década de 1990 la ciudad fue testigo del incremento de la violencia con la presencia de las milicias, que eran grupos armados organizados con objetivos de defensa y seguridad de los habitantes (Jaramillo, 1994), y organizaciones criminales, algunas de ellas con sofisticados sistemas de operación y fuerte control territorial (Alonso, Giraldo y Sierra, 2006). En el presente siglo, hicieron presencia los grupos paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, directamente asociados a los narcotraficantes que tomaron el control del negocio después de la muerte de Pablo Escobar (Jaramillo, Ceballos y Villa, 1998; Martin, 2012).

Las luchas por el control del territorio y los enfrentamientos entre los grupos, dejaron como resultado un número considerable de muertes en el barrio, a tal punto que este sector donde está localizado Santo Domingo Savio, la Comuna 1, era considerado uno de los territórios más violentos de Medellín. Entre 1980 y 2010, la Comuna 1 ocupó el segundo lugar en el registro de muertes violentas en la ciudad (Restrepo, Vélez y Pérez, 1997; Gil Ramírez, 2009).

Durante la primera década del siglo XX, el barrio experimentó transformaciones importantes, como consecuencia de intervenciones urbanas como el Metro Cable, sistema de transporte masivo y el Parque Biblioteca España. Por otro lado, también era propicio el contexto para la negociación entre los diferentes grupos armados que operaban en el barrio, debido a los procesos de desmovilización, desarme y reintegración a la vida civil de los grupos paramilitares con presencia en Medellín, promovido por el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez (Alonso Espinal y Valencia, 2008)”.


“[…]Una líder comunitaria afirmaba en una entrevista a un periódico local en el 2006: ‘’[el mural] era el recuerdo de una guerra pasada y en algo superada, en la que todos perdimos a alguien o algo, pero perdimos’’ (Henao, 2006). En esta afirmación puede estar la clave para comprender la posición de Julián y de todos aquellos que incluyeron en el mural a sus amigos y familiares.

El mural era una oportunidad para dar sentido y orientación política al luto colectivo. Inscribir los nombres de sus muertos, de todos sus muertos, era reconocer e identificar el sufrimiento propio en el rostro del otro. La expresión pública de este sufrimiento que les era común, suprimía las relaciones de poder y coacción y los igualaba a todos en una misma posición.

Butler (2006) señaló la importancia de fijarnos en el hecho de que nuestra vida esta ligada a la vida de los otros. Como consecuencia, la vida nos reclama la habilidad para narrarnos a nosotros mismos a partir de una posición que no es la propia sino la de un tercero. Podemos preguntarnos si el mural de Santo Domingo Savio no nos coloca en la exigencia de esta perspectiva, del tercero, a partir de la cual nuestra narrativa sobre nosotros mismos sería sensiblemente modificada.

Las negociaciones y disputas, inscripciones y tachaduras, la elección de dejar o no allí los nombres, los conflictos de los nos hablan esos esos movimientos, connotan la relación con lo otro y con las exigencias que se originan desde este horizonte. ¿No sería nuestra vulnerabilidad y la pérdida que allí está implícita lo que se destacaría del escenario en el cual Julián nos hace ingresar? No sería, como Butler (2006), enfatiza, la tarea de duelo la que permitiría la constitución de una comunidad?

¿Qué podemos entender por luto? Butler (2006) afirma que el ‘’luto tiene que ver con la concordancia de sufrir una transformación, cuyo resultado no se sabe de antemano’’ (p. 21) y que ‘’el luto contiene la posibilidad de aprender un modo de desposesión, lo que es fundamental para definir quién soy yo’’ (p. 28). Aquí, es esta desposesión la que se presenta como perspectiva del tercero ya mencionada.

Sin que se quiera colocar en riesgo la distinción entre víctima y verdugo, el mural de Santo Domingo Savio innegablemente constituye un campo propio que tendería a ubicarse al margen de estas distinciones, incluso cuando su existencia revele los conflictos y posiciones que se distribuyen entre esos dos ‘’lados’’. Ese ‘’colocarse al margen’’ marcaría una brecha por la cual podríamos concebir tal vez una forma de comunidad. Como Butler (2006) ya se preguntó: ‘’¿A qué costo establecí lo familiar como criterio por el cuál la perdida de una vida humana merece ser llorada?’’ (p. 38).

Al confrontarnos con el otro que la inscripción en el mural propicia, se abre un margen en el cual se constituye lo común — estar en el mural — , subvirtiendo la idea usual de lo que es familiar, pues verdugos y víctimas están allí. Aquel espacio sería la dimensión de pérdida lo que tocaría a todos. Lo familiar no sería lo más cercano, sino la vulnerabilidad que me liga al otro. Esa ‘’concordancia en sufrir una transformación’’ que Butler asocia al luto, implica igualmente una concepción de sujeto que lo tome en su evanescencia, sin puntos excesivamente fijos de identificación — el bueno y el malo, por ejemplo — . De este modo, se reconoce en el sujeto la dimensión de figura, máscara, fábula, representación: nada, por tanto, que se traduzca por sustancia o posición dada de antemano (James, 2002). Esto es nada próximo a una idea de identidad como fija, acabada o cierta, de modo tal que inviabilice el desplazamiento para la posición del tercero, conforme al sentido de Butler”.


Lea el artículo completo aquí.

Autor: jccoimbra

a reader, above all

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